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Amor incondicional

jul 10, 2019 • Mamás, papás & niños

Amor incondicional. Esto es lo que debemos a las personas que traemos a este mundo.

Demasiado a menudo, nuestro amor está condicionado. Cuando les privamos temporalmente de nuestro amor por su mal comportamiento. Cuando respondemos a sus crisis con rabia y frustración. Cuando hablamos con ellos como si fueran menos. Cuando actuamos como si nos debieran algo. Cuando creemos que somos más porque somos sus padres y ellos son nuestros hijos. Cuando los amenazamos, incluso “pórtate bien o nada de helado”. Cuando creemos que estamos en condiciones de enseñarles. Todas esas veces, les amamos “siempre y cuando”.

Oliver a veces se despierta de mal humor. Lo sabemos tan pronto como abre los ojos y no podemos hacer nada al respecto. No importa lo que digamos o hagamos, él no es feliz. Su cerebro se fija en algo que no puede tener — algo impensable para desayunar, algo nuevo — y se acabó. Intentemos e intentamos e intentamos, pero no podemos cambiar su estado de ánimo.

Uno de esos días, estábamos en Budapest y salíamos a visitar el centro. Oliver quería helado: habíamos comido uno el día anterior y le dije que no comeríamos otro hoy. Siguió repitiéndolo y nosotros seguimos pidiéndole que parara. Se volvió tan insoportable que decidimos llegar a un compromiso para intentar salvar el día: le ofrecimos un helado después del almuerzo. Ni siquiera aceptó esto. Era ahora o ahora, cero compromisos.

Se paró frente a una heladería y no quería moverse. Bajé a su nivel, de rodillas, les cogí las manos, le miré a los ojos y le dije con calma: “Veo que quieres un helado. Podemos tomar un helado después del almuerzo. ¿Vamos a almorzar ahora?”. No funcionó, mis palabras no le llegaban.

Estaba en la puerta y los clientes no podían entrar, así que cogí su mano y le moví suavemente hacia un lado, pero gritó “¡NO!” y volvió a la puerta. Fue entonces cuando perdí la paciencia, le cogí en brazos y comencé a caminar por el centro de Budapest con él que gritaba, me daba patadas y puñetazos, mientras todos nos miraban.

Seguí caminando, manteniéndolo fuerte para no dejarlo escapar y cuando encontré un lugar privado, le senté en un banco. Él abrazó a Alex y siguió llorando. Me tomé un momento para respirar — un lujo que no siempre tengo en estas circunstancias — y me calmé, pero estaba triste por cómo había ido, por no haber sabido hacerlo mejor, por no haber sido lo suficientemente fuerte como para controlar mis emociones.

Esperamos que se calmara y fuimos a la primera cafetería que encontramos para comer. Después del almuerzo, se sentó solo en un banco cercano y se quedó allí mucho tiempo. Lo que sea que estuviera pensando, estaba claro que necesitaba su espacio. Cuando llegó el momento de irnos, me senté a su lado, él me abrazó y yo me disculpé. Luego se quedó dormido en el cochecito y “reiniciamos” el día.

Mientras él estaba sentado en el banco, Alex y yo hablamos. Pensamos en lo que hicimos mal, en lo que podríamos haber hecho de otra manera. Nos dimos cuenta de que probablemente no se trataba del helado, sino que estábamos decidiendo todo nosotros esa mañana y él necesitaba tener algo de control: dejarlo decidir dónde ir y seguir a su guía podría haber tenido un resultado mejor sin la necesidad de llegar a la crisis.

Nos recordamos que estamos en una casa nueva, en una ciudad nueva, con un idioma nuovo y rutinas nuevas: nos está costando a todos, y es normal. Hablamos sobre algunas frases que deberíamos evitar y cómo reemplazarlas por otras que sean más respetuosas y menos condicionadas.

Reconocimos lo difícil que es lidiar con él a veces, cuánto nos cuesta a veces entenderle y admitimos mutuamente que sentimos menos amor hacia él cuando está de mal humor (creo que decir en voz alta las verdades incomodas sea muy importante).

Pero también acordamos en dos cosas:

  • Cuando todo nos parece una lucha con él, es precisamente cuando él más nos necesita. Es el momento de acompañarle y de mantener el control de nuestras emociones, porque (como dijo una de mis lectoras) alguien tiene que mantener la calma.

  • NOSOTROS somos los que tenemos que cambiar, porque no importa lo difícil que sea, los padres deben amor incondicional hacia los hijos. Les debemos compasión, comprensión, empatía y todos los matices de amor en el medio.

Cada vez que fallamos, nos equivocamos y lo pensamos en maneras de hacerlo mejor, evolucionamos como padres y al día siguiente volvemos a empezar. Con aún más paciencia, aún más comprensión, incluso más amor.

Solo si aceptamos que nuestros hijos no nos deben nada, que se lo debemos todo a ellos. Que tenemos poco que enseñar y mucho que aprender. Que el tamaño de nuestro orgullo es directamente proporcional a los fracasos de la crianza. Que cuando nos “desafían” o nos hacen luchar, no se trata de nosotros, se trata de ellos. Que la forma en que actuamos, nos comportamos y hablamos con ellos moldea la forma en que actúan, se comportan y nos hablan.

Solo cuando aceptamos todo esto podemos criar a nuestros hijos con respeto, dando la bienvenida a una educación pionera, diferente de aquella con la que, tal vez, hemos sido criados nosotros.