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Cómo conocí a tu padre - Capítulo 3

nov 21, 2017

Previamente en Cómo conocí a tu padre:

Después de tres meses mirándome fijamente sin hablar esperando a su pizza, Alex encuentra el coraje para preguntarme como me llamo y decirme que “debemos almorzar juntos”. El 21 de septiembre de 2007 tenemos nuestra primera cita. Dos días después le escribo un mensaje: “dejémoslo, sería muy difícil, la larga distancia y todo”. Al que él responde volando en sus patines al otro lado de la ciudad para verme. Está determinado en no dejarme ir. Ese día es la fecha de nuestro primer beso.

Puedes leer el primer capítulo y el segundo capítulo.

Capítulo 3

Nos despedimos ese domingo por la tarde, y de alguna manera ese beso había dejado las cosas bastante claras en mi mente. No voy a ningún sitio, este chico no me lo dejo escapar.

Una semana después, perdí intencionalmente el vuelo para volver a Italia y tomé una decisión muy poco ortodoxa: me mudé a su casa—solución “obvia” de Alex al problema de que mi contrato de alquiler terminaba y nosotros queríamos pasar un poco más de tiempo juntos. Mirando atrás, mudarme con un chico que acababa de conocer una semana antes, sí que parece un poco ingenuo, tal vez incluso un poco arriesgado, pero en mi defensa puedo solo decir: cuando lo sabes, lo sabes.

Todo del vivir juntos era muy fácil y espontáneo, tanto que hasta el día de hoy siempre recomiendo a los jóvenes amantes de ir a vivir juntos lo antes posible. ¿Por qué esperar? Especialmente si ya no vivís en casa de vuestros padres o estáis listo para salir, y conocéis a alguien que os encanta y os trata bien, ir a vivir juntos, pasar cada segundo de vuestro tiempo libre juntos, comer juntos, mirar muchísimas películas juntos, viajar juntos, comprar muebles juntos, compartir compartir compartir. La vida es breve.

Mi contrato de verano en la pizzería había terminado y yo estaba viviendo la dolce vita, escribiendo, tomando el sol y esperando a que Alex volviera a casa por la noche. Mi mente podría jugarme malas pasadas después de 10 años, pero lo único que recuerdo son arcoiris y unicornios y perfección—la calidez de despertarse una al lado del otro todas las mañanas, la intimidad de abrazarnos en la cama durante horas antes del amanecer, la belleza de comenzar el día con un desayuno casero juntos (él seguirá preparándome el desayuno todas las mañanas durante muchos años), y las ganas de volver a reunirse finalmente al final del día.

No recuerdo ni un solo momento de tristeza, una discusión, una pelea, un mal día—excepto cuando tuve que llamar a Novio para darle la mala noticia, por supuesto; odio las rupturas, incluso cuando es mejor para ti, siempre hay llantos, rabia, resentimiento, culpa y, por lo general, esa obsesión de “¿cómo puedo reconquistarte?” por uno de los dos. Sí, romper con Novio—quien estaba realmente, locamente, profundamente enamorado de mí—fue terrible.

Pero vivir con Alex era mágico, algo que nunca había sentido antes. Parecía casi surrealista. Como uno de esos momentos de tu vida demasiado buenos para ser verdad y que están destinados a terminar.

Y de hecho, terminó.

Pronto tuve que regresar a Italia y terminar la universidad. De vuelta a Torino, a las clases, a la vida de estudiante. No me apetecía para nada, las únicas dos cosas que me ayudaron a seguir adelante y pensar positivo fueron mis dos compañeras de curso Erika y Ludovica (¡hola, chicas!), y la posibilidad de hacer casi dos años en uno, terminar todos mis exámenes en julio y regresar a Marbella para escribir mi tesis final.

Durante los siguientes 10 meses, Alex y yo vivimos en dos países diferentes, pero no pasamos mucho tiempo separados.

A fines de octubre vino a Torino para ayudarme a buscar un piso en condiciones y solo para mí—un cambio bastante diferente al anterior, donde compartía una habitación con otras cuatro chicas en dos literas.

A fines de noviembre, Alex hizo realidad uno de mis sueños de adolescente: probablemente creía que todavía tenía que impresionarme para que me quedara con él, así que me llevó a Nueva York para mi 22 cumpleaños, que sigue siendo uno de mis recuerdos favoritos y más impresionantes de todos los tiempos.

A fines de diciembre, pasamos nuestra primera Navidad juntos… con mi familia. En ese momento me encantó la idea, pero en retrospectiva probablemente fue un poquito cruel: este pobre chico finlandés de 22 años que aún no hablaba italiano, después de solo tres meses juntos, tuvo que conocer a toda mi familia de una vez y soportar una tradicional Navidad italiana en casa de mi abuela, donde el 80% de la gente no hablaba inglés, estuvimos sentado a la mesa durante aproximadamente 6 horas, y mi abuela cada pocos minutos le preguntaba sobre matrimonio y niños (!). Si no es amor eso…

Los siguientes 7 meses hasta julio fueron un sin parar de idas y vueltas—solo físicos, porque nuestros corazones ya tenían raíces—de Colbie Caillat, James Blunt y Jason Mraz, de llamadas de Skype que duraban toda la noche, de estudio ininterrumpido de nociones ahora olvidadas para siempre, de echarse de menos, de despedirse, volver a verse y despedirse otra vez.

Y luego llegó el día.

Era el 7 de julio del 2008. Alex salió de Marbella por la madrugada y llegó a Turín al día siguiente en un coche alquilado. Había viajado por tres países para venir a buscarme, mi héroe de la piel clara y los ojos azules. Cargamos todas mis cosas en el coche, abrochamos mi enorme amigo oso Findus en el asiento trasero, devolvimos las llaves de mi apartamento—y simbólicamente de mi vida soltera, de estudiante, de adolescente—y volvimos a España, a través de los Alpes y Francia, y todo abajo hasta Marbella.

2000km y estaría en casa—porque es cierto lo que dicen, la casa es donde está tu corazón. Otros 2000km y Alex me habría rescatado—porque ahora sé que nunca en mi vida necesitaba ser rescatada como esa vez, cuando tenía 22 años, a punto de sacar mi título inútil que no significaba nada en el mundo real, y con el libro de mi vida en blanco para escribir.

Espantoso y refrescante al mismo tiempo. Nunca me había sentido tan bien y pensaba no poder estar más feliz que en ese momento.

Me equivocaba.

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