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La importancia del mindfulness para los padres: aprendemos a "recalcular ruta" cuando estamos provocados

jun 13, 2017 • Mamás, papás & niños

Hace unas semanas, la hermosa conferencia online de Happily Family sobre la crianza me ha recordado el concepto de “mindfulness” (que literalmente significa “concienciación” pero la palabra inglesa expresa mucho más), de lo importante que es ser conscientes de nuestras emociones y vivir en el momento–y me motivó a dar un paso atrás y reorganizar mis prioridades.

No fue fácil, pero cuando decidí ponerlo en práctica, empecé a sentirme más feliz, y es por eso que hoy quiero compartir contigo mi progreso en estas pocas semanas de “mindfulness”–porque me parece que demasiados padres “vuelan” sus días tratando de encajar lo más posible para sus pequeños y ellos mismos. Si crees que eres uno de esos padres, te animo a que sigas leyendo.

El poder del mindfulness

La primera vez que oí hablar de “mindfulness” (hace unos 3 años cuando estaba embarazada de Oliver) no lo entendí, pero es más fácil de lo que parece (la teoría, no la práctica): simplemente significa prestar atención a propósito. Ser conscientes de nuestro entorno, olores y sonidos a nuestro alrededor, y, en un nivel más profundo, de nuestras emociones y nuestra respuesta a esas emociones–todo ello con intención.

En la práctica, podría significar concentrarse en un beso de tu hijo, dejarse hundir en el abrazo de tu marido en la cocina, notar pequeñas cosas que normalmente damos por hecho, como el calor del sol en la piel, la frescura del agua fría en un día caluroso, la sensación de la arena bajo los pies, la belleza de un árbol en flor. Y, por supuesto, también significa notar las emociones negativas: la frustración cuando el niño no hace lo que le pides, la ansiedad cuando las cosas no van como quieres, la rabia cuando alguien te hace algo mal, la tristeza cuando alguien te decepciona.

Después de la conferencia, hice un esfuerzo para practicar “mindfulness” a diario: comencé a tomarme algunos minutos durante el día para sentarme y respirar (incluso un minuto a la vez); reorganicé mis prioridades para poder estar más presente cuando estoy con mis hijos; traté de no dejar que las preocupaciones y el estrés de todos los días afecten mi estado de ánimo (más fácil decirlo que hacerlo!); comencé a notar conscientemente las cosas a mi alrededor, incluso las tontas como el sonido del barman que prepara el café (ahora reconozco sin mirar y con absoluta precisión quién está haciendo el café en Mama’s Bakery, mi cafetería favorita).

Y me di cuenta que lo que “mindfulness” me está ofreciendo es principalmente un botón de pausa: al estar en contacto con mis emociones y mi entorno, puedo entender mejor cuando me siento provocada, anticiparlo, pulsar el botón de pausa y elegir mi reacción.

Michelle Gale lo explicó maravillosamente: practicar “mindfulness” extiende el espacio entre un estímulo (lo que sucede) y nuestra reacción, y esto hace una gran diferencia para los padres. Porque tenemos que admitirlo, lo que todos los padres queremos es tener el control de nuestras reacciones y elegir nuestras respuestas. Cuando nos sentimos provocados por nuestros hijos, entonces es exactamente cuando tenemos que hacer una pausa, explicarle al niño que “ahora mismo necesito calmarme para poder estar contigo de una manera mejor”, e irnos durante un rato (a la otra habitación). Especialmente noté que lo que me ayuda mucho a mí es imaginarme en una situación estresante con mis hijos antes de que realmente suceda, e pensar en que reacción me gustaría tener para luego hacerlo de verdad: no tengo mucho éxito todavía, pero mejoro cada día.

Sea como un GPS!

Esto también se aplica a un concepto similar que escuché unas semanas más tarde (¡el universo me estaba diciendo algo!) en otro taller de disciplina positiva de Macarena Soto Rueda (Un Mundo Educado). Estábamos hablando de lo fácil que es enfadarse cuando nuestro niño comete un error–se pone los zapatos al revés cuando tenemos prisa, rompe algo, vuelca un vaso de agua, pinta el sofá, ¡lo que sea!–y Macarena nos preguntó qué haría un GPS. Yo también estaba confundida, así que sigue leyendo. Imagina que estás conduciendo, llegas a una rotonda y tu GPS te dice que tomes la tercera salida. Estás distraído y te equivocas: ¿qué te dice el GPS? “Recalculando ruta”. ¿El GPS se enfada contigo? Por supuesto que no. No importa cuántas veces tomes la salida equivocada, tu GPS siempre te dirá “recalculando ruta” con una voz amable y calma.

Creo que es una metáfora poderosa–especialmente cuando me paré en pensar cómo me sentiría yo si mi GPS me llamara “tonta” o me hiciera sentir mal por ir en la dirección equivocada–y desde entonces, cuando me siento provocada, hago un esfuerzo para pulsar el botón de pausa, respiro profundamente y me digo, “Recalcula la ruta, Carlotta”. No lo consigo siempre, pero estoy mejorando cada día.

Así que hoy me gustaría invitarte a intentar hacer lo mismo durante dos semanas, y ver la diferencia por ti mismo. Haz un paso a la vez, empieza a practicar un poco de mindfulness cada día, aprende lentamente a estar más en contacto con tus emociones, a reconocer cuando te sientes provocados, a anticiparlo, y cuando sientes que está a punto de explotar, aprieta tu botón de pausa, respira profundamente y escoge tu respuesta. Creo que esta es una manera de ser mejores padres, mejores modelos, mejores educadores y mejores personas. ¡Recalculemos ruta, papis!

Mamás, ¡ayudémonos!

El otro día estaba agotada después de un par de noches sin dormir. Estábamos en casa de amigos  y era hora del almuerzo: Oliver no quería ninguna de la comida que había preparado amorosamente y llevado para él, y además dejó caer al suelo lo único que realmente le gustaba (los guisantes). Mi primera reacción cuando me agaché para recoger toooodos los guisantes fue enfadarme con Oliver, pero luego oí la voz de mi amiga: “respira”. Gracias Sarah, me ayudó muchísimo! Mamás, ayudémonos unas a otras, estamos todas en el mismo barco.